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Cuando las ramas del Chojubai se alargaron en exceso, lo que Koji Hiramatsu eligió fue el injerto. La selección de la púa, el corte en cuña, la alineación del cambium: más allá de cada decisión se vislumbra la forma del árbol dentro de unos años. Una vez hecho todo lo que está en manos del hombre, lo demás se confía al árbol. Un trabajo que se realiza a finales de febrero, justo antes de que los brotes empiecen a moverse.
Cuando uno nota que las ramas del Chojubai se han alargado en exceso, lo primero que viene a la mente es «podar». Pero lo que Koji Hiramatsu eligió no fue cortar.
No se trata de eliminar el problema, sino de dibujar primero la forma deseada. Rediseñar nuevas ramas en el lugar que se quiere compactar: la opción del injerto nace de ahí. Imaginar dónde se quieren las ramas, visualizar el árbol dentro de unos años, y solo entonces mover las manos.
La púa no se elige de un tallo viejo y parduzco, sino de uno joven con tonos verdosos. Una parte con vigor, con energía. El corte se hace en cuña: la cara inferior, amplia para mayor superficie de contacto; la superior, estrecha. La posición de inserción no es en el centro, sino desplazada hacia el borde, ligeramente en diagonal. La cinta de fijación se aplica con tal esmero que la púa no se mueve ni un ápice.
Las decisiones minuciosas se suceden, pero la mirada apunta siempre a un solo lugar: el cambium, esa fina capa justo bajo la corteza por donde circulan los nutrientes. Cómo lograr que ambas capas se adhieran a la perfección: solo eso ocupa su pensamiento. Por qué ese ángulo, por qué desplazar hacia el borde… cada decisión se deriva de este único punto.
Fijar, sellar con cinta, trasladar al invernadero. Este trabajo, que se realiza justo antes de que los brotes comiencen a moverse —entre finales de febrero y principios de marzo—, da paso a una larga espera.
Nadie puede determinar si el injerto ha prendido. Solo se sabe cuando un nuevo brote atraviesa la cinta y asoma. Hasta entonces, simplemente se espera. Apresurarse no tiene sentido, y no existe modo de comprobarlo.
Recibir la respuesta del árbol tal como llega. Quizá eso no sea paciencia, sino confianza en el árbol.
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