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Árboles caducifolios: arce palmado japonés, arce... ¿Por qué elegir macetas esmaltadas para combinar con ellos? Reflexionamos ante distintas macetas —rectangular, ovalada, redonda, pintada— sobre cómo cada forma y color saca a la luz la personalidad del árbol. La pregunta sobre la elección armónica de maceta se va haciendo cada vez más profunda.
Maceta sin esmaltar para coníferas, maceta esmaltada para árboles caducifolios: es uno de los primeros principios que se encuentran en el bonsái. ¿Alguna vez lo hemos pensado con detenimiento?
La maceta no es un recipiente donde guardar el árbol.
Elegir una maceta ovalada fina es una manera de transmitir al espectador la fuerza de las raíces superficiales expuestas que se extienden sobre el suelo. La maceta rectangular sostiene el centro de gravedad de un sólido estilo vertical informal; la redonda recoge el flujo de un estilo cascada. El contorno suave de la maceta lobulada tipo membrillo puede añadir una elegancia particular a un solo árbol. Con cada cambio de forma, la maceta existe como la continuación de la expresión del árbol.
Que las macetas esmaltadas en azul o blanco armonicen con los árboles caducifolios se debe a que añaden una «voz» más a la estacionalidad y el movimiento del árbol. Igual que la maceta sin esmaltar realza la quietud de las coníferas, la maceta esmaltada hace brillar la expresión viva de los árboles caducifolios. La maceta y el árbol se eligen mutuamente.
Al disponer varias macetas en una exposición de siete elementos, no se igualan ni formas ni colores. Añadir una sola maceta pintada cambia la luminosidad del conjunto. A veces, una pequeña maceta pintada colocada junto a una planta de acento transforma en silencio el ambiente del espacio.
Quizás lo que se está eligiendo no es una sola maceta, sino el ambiente de todo el espacio.
«Quiero que cada uno disfrute eligiendo la maceta que se ajuste a su propio sentido»: la diferenciación del color, la correspondencia entre forma y estilo del árbol. Hasta ahí se puede transmitir. Lo que viene después se deja deliberadamente abierto, como un territorio donde la sensibilidad de cada persona se pone en movimiento.
No dar la respuesta hecha es lo que permite un encuentro más profundo. Conocer las normas, trascenderlas y volver a ellas: ese viaje continúa en silencio cada vez que se toma una maceta en las manos.
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